lunes, 30 de junio de 2008

Be Kind Rewind, la nueva pelicula de Michel Gondry (Eternal Sunshine)


«Ame el cine, ¡rebobine!». Quien haya vivido la era de esplendor —por otra parte, no tan extensa como puede parecer echando la vista atrás— del formato videocassette, recordará con cariño esta máxima, impresa en infinidad de cintas para instar a los usuarios a devolver las películas en el mismo estado impoluto en el que se las llevaban a casa, a fin de que los temibles cabezales, diferentes en cada reproductor, no estropearan la preciosa cinta, material condenado al deterioro y la destrucción con el paso del tiempo. Aquella frase, hoy olvidada, puede ser el mejor equivalente al título original de lo nuevo de Michel Gondry, “Be kind, rewind”, traducido en nuestro país como “Rebobine, por favor”, todo un canto a un pasado analógico y pretérito que se convierte en salutación casi surrealista a un futuro ineludible.

El señor Fletcher (Danny Glover) es el orgulloso dueño de uno de los pocos videoclubes de VHS que quedan en una ciudad asediada por el acoso de las grandes superficies rendidas a las virtudes de un nuevo mundo digital presidido por el DVD. Cuando se ausenta unos días por motivos personales, deja el negocio en manos de Mike (Mos Def), joven del que se ha hecho cargo desde que era un niño, casi un hijo para él. Todo va bien hasta que el mejor amigo del muchacho, Jerry (Jack Black) queda magnetizado al intentar sabotear una central eléctrica que, según él, le está derritiendo el cerebro; sin quererlo, borra todas las cintas del local. La solución de la pareja es tan peculiar como descacharrante: elaborar remakes caseros —«asuecados», afirman, un término que entroncaría de manera natural con aquello que se dio en llamar landismo— con la esperanza de que los clientes no se percaten del cambio. Lo que no se puede reprochar a Gondry, necesaria figura en el panorama cinematográfico actual, es que le falte imaginación.

Evidentemente, estamos ante un film que se disfrutará mucho más por parte de aquellos que hayan crecido con los títulos que se homenajean mediante los inocentes plagios de la pareja protagonista, pero el planteamiento del realizador, a caballo entre el absurdo y la pantomima irreverente, regala un aluvión visual tan poderoso como irresistible, que hace las delicias de una platea entregada a descubrir cuál será la siguiente ocurrencia de estos imposibles Ed Wood forzosos del siglo XXI. La recreación de las escenas más emblemáticas de clásicos pasados y modernos es tan hilarante como pretendidamente modesta, máxime cuando entra en juego la participación de un vecindario fascinado con las revisitaciones que los dependientes realizan en las calles de un suburbio amenazado —¿condenado?— a una "evolución" forzosa que simbolizaría, si no fuese tan evidente, los cambios imparables del mundo en que todos vivimos. La principal traba que encuentra “Rebobine, por favor” es la incontrolable tendencia al exceso por parte del director, una vorágine colorista que no da un respiro al espectador, en más de una ocasión incapaz de asimilar todo lo que propone la pantalla, inagotable catálogo de imágenes reconocibles que viven en el subconsciente colectivo filtradas por el sincero ojo de alguien que, después de un buen puñado de largometrajes tras las cámaras, adolece aún en determinadas ocasiones de no diferenciar del todo el ritmo, obligadamente más pausado, que ha de imprimir a un metraje de casi dos horas frente a un spot o un videoclip musical —donde es maestro absoluto—.

El señor Fletcher (Danny Glover) es el orgulloso dueño de uno de los pocos videoclubes de VHS que quedan en una ciudad asediada por el acoso de las grandes superficies rendidas a las virtudes de un nuevo mundo digital presidido por el DVD. Cuando se ausenta unos días por motivos personales, deja el negocio en manos de Mike (Mos Def), joven del que se ha hecho cargo desde que era un niño, casi un hijo para él. Todo va bien hasta que el mejor amigo del muchacho, Jerry (Jack Black) queda magnetizado al intentar sabotear una central eléctrica que, según él, le está derritiendo el cerebro; sin quererlo, borra todas las cintas del local. La solución de la pareja es tan peculiar como descacharrante: elaborar remakes caseros —«asuecados», afirman, un término que entroncaría de manera natural con aquello que se dio en llamar landismo— con la esperanza de que los clientes no se percaten del cambio. Lo que no se puede reprochar a Gondry, necesaria figura en el panorama cinematográfico actual, es que le falte imaginación.

Evidentemente, estamos ante un film que se disfrutará mucho más por parte de aquellos que hayan crecido con los títulos que se homenajean mediante los inocentes plagios de la pareja protagonista, pero el planteamiento del realizador, a caballo entre el absurdo y la pantomima irreverente, regala un aluvión visual tan poderoso como irresistible, que hace las delicias de una platea entregada a descubrir cuál será la siguiente ocurrencia de estos imposibles Ed Wood forzosos del siglo XXI. La recreación de las escenas más emblemáticas de clásicos pasados y modernos es tan hilarante como pretendidamente modesta, máxime cuando entra en juego la participación de un vecindario fascinado con las revisitaciones que los dependientes realizan en las calles de un suburbio amenazado —¿condenado?— a una "evolución" forzosa que simbolizaría, si no fuese tan evidente, los cambios imparables del mundo en que todos vivimos. La principal traba que encuentra “Rebobine, por favor” es la incontrolable tendencia al exceso por parte del director, una vorágine colorista que no da un respiro al espectador, en más de una ocasión incapaz de asimilar todo lo que propone la pantalla, inagotable catálogo de imágenes reconocibles que viven en el subconsciente colectivo filtradas por el sincero ojo de alguien que, después de un buen puñado de largometrajes tras las cámaras, adolece aún en determinadas ocasiones de no diferenciar del todo el ritmo, obligadamente más pausado, que ha de imprimir a un metraje de casi dos horas frente a un spot o un videoclip musical —donde es maestro absoluto—.


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